martes, 18 de febrero de 2014

Abrir los ojos

Hace un año y pico, un alumno del que guardo un gran recuerdo me preguntó por qué me dedicaba a la enseñanza.

Por aquel entonces, yo me levantaba a las seis de la mañana para cruzarme media ciudad en transporte público y llegar al colegio a las 8.30. Las clases comenzaban a las 9.00 y hasta las siete de la tarde, como mínimo, no llegaba a mi casa, donde solía "pasar el rato" corrigiendo exámenes y preparando clases... Supongo que su pregunta era lógica. Es comprensible que, al igual que la mayoría de las personas, no lo entendiera.

Sin embargo, todo aquello merecía la pena; incluso podría decir que yo ni siquiera era consciente del esfuerzo que realizaba. Lo realmente importante era llegar al aula, cerrar la puerta, ver a mis alumnos y sentir que me encontraba en lo que verdaderamente era mi "mundo". Sí, eso es lo que he sentido en todos mis años como profesora. 

A día de hoy, después de cierto tiempo, me he sorprendido preguntándome si volvería a hacerlo y, lo realmente curioso, es que, aunque bien es cierto que no he sido capaz de responderme inmediatamente, esos buenos recuerdos, esos momentos en el aula, esos alumnos, ese disfrute explicando aquello que me gusta y compartiendo mi pasión con ellos, han pesado más que los madrugones, que los enfados que de vez en cuando pueden producir los adolescentes, que las largas reuniones de evaluación y las interminables horas delante de exámenes que, en ocasiones, llegan a exasperar...

Así que: sí. Sé que, ahora ya sin dudarlo, mi respuesta sería, una vez más, una rotunda afirmación.

Gracias, J.N., por hacerme pensar en ello... Porque, de vez en cuando, todos necesitamos que nos vuelvan a abrir los ojos.

sábado, 12 de octubre de 2013

Sin prisa

Después de un rato caminando, y ya algo irritado, el joven preguntó:

- Abuelo, ¿a ti no te molesta tener que andar tan despacio, así, con tu bastón y eso...?

- Hijo, no tengo prisa.

- Ya, vale, pero... no sé, ver que la gente pasa a tu lado, que siempre te quedas atrás, que...

- No tengo prisa.

- Sí, ya sé que no tienes prisa, pero ¿no echas de menos poder correr como cuando eras joven?, ¿no te molesta tardar diez minutos en llegar a un sitio al que podrías llegar en cinco?, ¿no te sientes mal por tener que ir siempre tan lento?...

En aquel momento, el anciano se detuvo y, tras apoyar su bastón en un banco cercano, sujetó al corpulento muchacho por los brazos diciéndole:

- Verás, creo que de esta manera lo entenderás... Tú solo cierra los ojos, respira profundamente y, cuando estés preparado, ábrelos de nuevo.

Su nieto, algo confuso, aunque ya acostumbrado a las "rarezas" de su abuelo, hizo lo que este le dijo.

- Bien - continuó el hombre -, ahora mira a tu alrededor y dime qué ves.


- Veo... Veo a una mujer joven que sonríe a un niño que lleva en un cochecito; a esa otra que corre hablando por teléfono mientras sortea a todos los peatones; veo a un hombre que la observa en el reflejo de aquel escaparate... Veo un nido de pájaros en aquel árbol; veo un balcón lleno de flores... ¡Qué fachada tan bonita!, creo que nunca había visto esa casa... - ¿Será nueva?- dijo para sí mismo - No sé, la verdad es que no tiene pinta.. - Veo... ¡Ufff, veo un montón de cosa, abuelo!

- Pues eso, cariño, solo lo verás cuando no tengas prisa.


lunes, 12 de agosto de 2013

¡Qué bello es vivir!

Hace poco más de una semana, un amigo me recordó lo maravillosa que era, y es, la película de Frank Capra Qué bello es vivir.

Hoy he vuelto a verla.

Resulta curioso cómo una película, al igual que un libro, hace que sintamos distintas emociones dependiendo de nuestra situación vital.

Pues bien, esta noche me he sorprendido con una gran sonrisa en mi rostro durante la escena final de esta obra maestra. Y lo que es mejor: he recordado que todos y cada uno de nosotros estamos en esta vida por algún motivo; realmente no me importa saber o no cuál es el mío, pero, al igual que George Bailey, mi Clarence particular me ha hecho darme cuenta de que la vida sin mí no sería igual. No sé si peor o mejor, pero sí sé que distinta.

Tal vez sea casualidad, no lo sé, pero en estos últimos días, varias personas de mi vida me han dado las gracias por haber aparecido en las suyas y, aunque suene "de cajón" me he dado cuenta de que si yo no estuviera, ellas no hubieran podido "conocer" mi compañía ni yo disfrutar de la suya.

Hoy vuelvo a entender que, aún con las cosas "menos buenas" que puedan suceder, la Vida merece la pena ser vivida.

Y con esta maravillosa sensación, con este increíble sentimiento, me embarco en los brazos de Morfeo, no sin antes pedirle a mi Clarence que me haga soñar con los angelitos...

Estoy segura de que está noche sonará alguna que otra campanilla.

martes, 6 de agosto de 2013

¿Es posible cambiar?

Siempre había pensado que la gente no cambia; sí, que podía modificar, o "pulir", alguna cosilla, pero que, en el fondo no existía esa especie de "transformación" de la que hablan algunos... 

Realmente, me hacía gracia cuando escuchaba comentarios del tipo: "No seas así, Elisa, la gente cambia..." 

Y, sin embargo ahora, después de todos estos meses que lleva el año, me doy cuenta de que la que estaba confundida era yo. 

Sí. La gente cambia. O mejor dicho, la gente es capaz de cambiar. Eso sí, con un pequeño matiz: creo que es capaz de cambiar siempre y cuando no lo haga por los demás, sino por sí misma. Porque, ¿de qué sirve tratar de modificar tu forma de ser para estar con alguien o para que otro se sienta feliz? Al final, eso es incapaz de sostenerse ya que no tiene una base lo suficientemente sólida...

Sin embargo, cuando uno decide modificar su manera de actuar, de pensar, de ver las cosas, su manera de ser, para ayudarse a sí misma, sí surte efecto. Lógicamente, no voy a negar que no es fácil, pero también sé que es posible y que, de pronto, un buen día te das cuenta de que, paso a paso, con dificultades, con alegrías, incluso con "parones", eres una persona distinta. Eres esa que te habías propuesto; esa que anhelabas ser y desechabas con la idea de que "la gente no puede cambiar"; idea, que, por otro lado, solo ocultaba un terrible miedo al proceso o, incluso, a conseguir tu propósito.

Y ese día, también comprendes que has iniciado un "camino de no retorno" y que, por ello, seguirás luchando cada día, permitiéndote tener caídas y encontrándote piedras en el recorrido, pero recordándote que eres capaz, que sigues adelante, que sigues aquí.

Y, en esos momentos, miras hacia atrás y sonríes...

miércoles, 24 de julio de 2013

El deseo de Marco

Como ya comenté en mi última entrada, Marco tenía una duda muy, pero que muy, importante: ¿cómo se cumple un deseo?

Ante tal pregunta, su madre (¡benditas madres!) le animó a hacer una "lista de deseos" que, por supuesto, estaba encabezada por aquel en el que pensaba en el coche. Ese era su deseo más importante; su DESEO con mayúsculas.

Lo más curioso, es que, sin darse cuenta, era algo que ya tenía en su interior; algo que formaba parte de él, de su personita de seis años...

Todo ello me hizo reflexionar; ¿cuántas veces nosotros mismos hemos deseado algo que ya poseíamos? Y, no, no hablo de nada material, sino de capacidades, habilidades o, incluso, emociones. ¿Cuántas veces hemos visto a otros y hemos pensado "ojalá yo tuviera su fortaleza" u "ojalá yo fuera capaz de tomarme las cosas de esa manera"? 

Pero, si nos detenemos unos minutos y miramos en nuestro interior; si echamos la vista a atrás, es muy probable que acabemos dándonos cuenta de que todo ello forma parte de nuestro ser y que, simplemente, no hemos sido conscientes de ello y, por ende, no lo hemos podido potenciar lo suficiente. Otras veces, como en el caso de Marco, es más sencillo: lo tenemos delante, lo demostramos todos los días y, sin embargo, lo desconocemos. Es entonces cuando solo necesitamos a alguien que nos diga: "tranquilo, ya lo estás haciendo. Y, además, muy bien".

Parémonos a pensar en lo que deseamos y en lo que realmente poseemos. Detengámonos unos minutos y reflexionemos sobre todos esos tesoros empolvados que tenemos en nuestro interior. Y, entonces, como Marco, podremos ver que nuestros deseos se hacen realidad.

Porque, lo creamos o no, nuestros deseos ya existen y forman parte de nosotros. Solo tenemos que buscarlos y seguir creyendo en ellos. En ellos... ¡y en nosotros mismos!

miércoles, 17 de julio de 2013

Mamá, ¿cómo se consigue un deseo?

Hace un par de horas, volviendo de una estupenda cena, mi sobrino Marco ha preguntado desde la tercera (¡y última!) fila del todoterreno en el que íbamos:

"¡Mamá!, ¿cómo se consigue un deseo?"

Aunque he permanecido callada, sabiendo que no era yo quien debía responder, solo he podido pensar:

"Creyendo en él, Marco. Y creyendo en ti".

No sé qué deseo tendrá, aunque, conociéndole, sé que será algo importante. El próximo día se lo preguntaré...

domingo, 7 de julio de 2013

Re-conocer

Miro mi imagen en el espejo y no la reconozco. Y es que, ¿cómo se puede volver a conocer algo que no has visto nunca? ¿Acaso es posible re-conocer algo nuevo?

Sí, es cierto, la imagen es la misma de siempre: pelo rizado, ojos verdes, pequeña estatura, tez algo más tostada de lo habitual por el efecto del sol...

Pero el interior ha cambiado. Ya no tiene nada que ver.

Ahora refleja fuerza y seguridad; muestra orgullo de quien es y de lo que tiene; ilusión por lo que le queda por hacer; sabiduría porque es consciente de que caerá de nuevo y volverá a levantarse... Y de todo lo que le queda por aprender y vivir.

Y me miro y no puedo evitar sonreír a aquella persona que refleja el espejo. La observo con ternura y agradecimiento por todo lo que me ha dado; por la multitud de cosas que me ha enseñado en todos estos años que hacen que hoy esté aquí y sea quien soy.

Y sé que algún día de estos - ¡Dios sabe cuándo! - volveré a mirarme en ese espejo. 

Y, entonces, me reconoceré.

Porque esa imagen ya no será la de una desconocida.